Aquel viernes Magnolia salió más temprano de su trabajo. Al día siguiente se cumpliría otro año del fallecimiento y entierro de su madre. En la mayoría de los casos, como ese día, iba sola. Otras veces la acompañaba su único hermano. Tomó el bus urbano que la llevaría hasta el parque cementerio donde la habían sepultado, saliendo de la bella Bogotá por la autopista norte, como quien va hacia los municipios de Chía, Cajicá y otros. En aquel sitio hay tres parques cementerios, uno hacia el lado derecho y, al frente, los otros dos. El bus giró hacia la izquierda. Varias personas se bajaron frente al primero. El resto, que no pasaban de cuatro o cinco y ella, continuaron hacia la entrada del segundo. Una pareja se bajó delante de la joven. Antes de la puerta de entrada al parque, se encuentra una floristería con arreglos muy hermosos. Allí llegaron los tres. Mientras ellos elegían el arreglo de su gusto, Magnolia lo hacía buscando el que le pareciera más hermoso.

_¿Por favor, podría alcanzarme aquel? –Preguntó señalando el de su agrado-

_Con mucho gusto. –Dijo una de las dos vendedoras y le pasó el indicado; sin embargo, le pareció muy pequeño, pero si llevaba dos, no cabrían en el recipiente de la lápida-

_¿Sabe qué? Deme unas flores extras para colocarlas junto al ramo.

_Como usted quiera. Estas están muy hermosas y hacen juego con las del arreglo que lleva.

Después de cancelar el precio, entró en el inmenso parque; tomó de su bolso el mapa que siempre llevaba para llegar directamente al sitio sin dificultad.

El lugar ofrecía una paz que solamente era rota por el murmullo de un suave viento que jugueteaba con su cabello. No se veía ninguna persona alrededor. Seguramente la pareja que entró con ella se dirigió a otro lado de aquel jardín. Por fin, llegó al lugar en donde se hallaba la tumba de su madre.

_¡Hola, mami! –Dijo en voz alta mientras descargaba el morral en donde llevaba una botella de agua, una paleta de floristería para quitar la maleza, una toalla para limpiar la lápida y unas tijeras, y colocaba las flores recostándolas sobre el pasto.

_Me da mucha alegría de venir a visitarte, mamá. –Retiró las flores marchitas que aún quedaban y continuó con su trabajo- ¿Sabes, mamá? no me resigno aún a estar sin ti. Me haces mucha falta. Tú eras mi mejor amiga a quien confiaba todos mis secretos. Ya sé que no era tu deseo, pero te fuiste muy pronto… -Siguió comentando sus pensamientos en voz alta. Por fin, llenó el recipiente con el agua, colocó el ramo y, en el momento en que iba a colocar las flores extras, reparó en la lápida que seguía a la de su mami. –“Nunca he visto ese recipiente con flores ni marchitas ni frescas. Parecía que no hubiera tenido familiares. Además, esa lápida está sucia con exageración. ¿Cómo van a enterrar a una persona y dejarla sin acercarse alguna vez a visitarla, a cuidar su último lecho? ¿No tendrá hijos o hermanos?” –Pensó- Miró la hora y, aunque estaba tarde, sin pensarlo dos veces, tomó la aún húmeda toalla y comenzó a limpiarla. Inmediatamente apareció el nombre: Juan Guillermo Cruz Faride. Debajo estaban las fechas de nacimiento y fallecimiento. Curiosamente, la primera coincidía con…¡Los dos habían llegado a este mundo en el mismo año!

“¿Por qué moriría tan joven?” –Se preguntó- “¡Si no hubiera fallecido tuviéramos la misma edad!”

Tomó las flores que no pertenecían al ramo y las colocó dentro del recipiente. En la botella aún había un poco de agua y la vació allí.

_Mira, Juan, a partir de hoy, cada vez que venga a traerle flores a mi mamá, también traeré para ti. Te lo prometo. –Dijo mientras recogía de prisa los elementos que había llevado y los colocaba en el morral.

Fue en ese instante cuando se percató del frío que le golpeaba la cara. Miró su reloj: eran las 5:10 de la tarde! Rezó unas oraciones por las almas de los dos, y se despidió.

_Chao, mami. Vendré pronto.  –Y volteando la mirada:

_Chao…Juan.

Ya la tarde iba muriendo. El ambiente frío se sentía lúgubre. El viento soplaba muy fuerte meciendo las ramas de los árboles, indicando que llovería. Aligeró el paso. El camino de regreso le pareció demasiado largo. Al fin alcanzó a ver la reja de entrada al lugar. Convirtió sus pasos en un pequeño trote. Llegó hasta la puerta y, para su sorpresa, la encontró cerrada. Además, una gruesa cadena unía las puertas con un gran candado, fuera de los otros dos que había en la parte inferior y superior de la puerta.

_¡Celador! –Gritó varias veces- mientras daba unos pasos mirando a lado y lado. Mas, el celador, no dio señales de vida. Miró hace la puerta de la floristería, pero la reja estaba bajada. El miedo comenzó a invadirla. No quería ni imaginar que tenga que quedarse sola en ese lugar. A su pesar, sus ojos se llenaron de lágrimas. Fue en ese momento cuando escuchó aquella voz a sus espaldas:

_¡Señorita!

_¡Ayy! –Gritó presa del susto-

_Tranquila. Cálmese.

Al escuchar las palabras de aquel joven, sintió que su ánimo se reconfortaba.

_¡Me hizo asustar!…

_Lo siento. No fue mi intención.

_Veo que usted también se quedó encerrado. Me pregunto en dónde se habrá metido el celador.

_Creo que él no va a aparecer. Le sugiero que caminemos por dentro del parque cementerio siguiendo la malla, hasta encontrar un lugar por donde se pueda pasar al otro lado.

_Es buena idea.

_Y tenemos que apurarnos porque pronto vendrá la Noche. ¡Vamos!

Comenzaron a caminar.

_Mire, junto a la malla en la parte interna hay varios arbustos cercanos. Debemos buscar uno bien fuerte o un árbol de ramas gruesas para podernos subir y saltar al otro lado. Ya en la carretera, me imagino que se podrá tomar un bus. Lo principal es salir de aquí.

_¡Claro! Por nada del mundo me gustaría dormir en el potrero junto a tantos muertos.

Por más que caminaban, no encontraban la facilidad de saltar al otro lado. Ya faltaba poco para llegar al parque que estaba más cercano a la autopista principal. Las sombras comenzaban a caer. En eso, la joven descubrió un árbol de tronco grueso.

_¡Mire! Allá hay un árbol, aunque parece que sus ramas están muy altas desde el suelo.

_¡Eso no será problema! Vamos.

Llegaron hasta allí.

_Mira, -dijo él entrelazando los dedos de sus manos una con otra- Colocas tu pie sobre mis manos y tus manos de mi cuello. Te impulsas y tratas de agarrar la rama más baja. Yo te ayudo a subir. Luego, pasas al otro lado, te cuelgas de una de las ramas y te dejas caer al piso. Desde allí pasas a la carretera y… Apúrate que allá se ven las luces de un auto.

Ella hizo justo lo que él le había dicho, pero aún así no alcanzaba a la rama más baja. Sin embargo el muchacho la subió como si ella no pesara ni un gramo. Cuando estaba ya parada sobre la rama, le sugirió:

_Ahora yo te doy la mano para que tú te subas. –Y se arrodilló estirando su brazo hacia abajo. El muchacho trató de alcanzar la mano de ella, mas era imposible alcanzarla. Por el contrario, dijo:

_¡Mira, el bus se acerca! ¡Salta!

_¿Y tú?

_¡Ya me las arreglaré! ¡No te preocupes! ¡Salta!

Ella así lo hizo. Cayó al piso y comenzó a correr, pero le gritó. ¡Por lo menos dime tu nombre! ¿Cómo te llamas?

_¡Juan Guillermo!  

Al escucharlo sintió un frío en la espalda. Llegó al filo de la carretera levantando la mano al auto.

Antes de subirse giró la cabeza para despedirse del joven, pero en al lado contrario no había nadie.

_¡Suba, niña, rápido! –El bus estaba completamente vacío-

Ella así lo hizo y trató de sacar el dinero para pagar.

_¡No me debe nada! Mejor dígame qué hace usted a estas horas por acá y sola? No se imagina al peligro al que se está exponiendo!

Ella le narró lo sucedido.

_Mire: el parque lo cierran a las cinco. Es cuando pasa el último bus. Después de esa hora ya no se encuentra transporte. Lo único que puede encontrar es una cantidad de atracadores y violadores. No sé a qué santo se encomendó. Me encontró porque se me pinchó una de las llantas de adelante y me tocó cambiarla, pero eso fue en el paradero. Ahorita la voy a llevar hasta un sitio seguro en donde pueda tomar otro bus.

_Le agradezco mucho, señor.

_Me alegro de haberla ayudado.

Al llegar a la casa le contó a su hermano lo sucedido.

_Lo curioso es que el difunto de la lápida se llama Juan Guillermo, igual que el muchacho que me acompañó.

_¡Los nombre se repiten mucho! Allí tienes a Juan Guillermo Cuadrado, el futbolista. Eso es pura coincidencia.

_Podrá ser, pero al parque cementerio no vuelvo a ir sola. Unicamente cuando podamos ir los dos.

_Creo que es lo mejor.

Así fue. La siguiente vez fueron juntos y llevó Flores para las dos tumbas. Cuando terminaron de colocarlas en sus sitios, el hermano fue hasta una pila a lavarse las manos. Magnolia comenzó a rezar en silencio; de pronto sintió el tierno abrazo de su hermano que le rodeaba los hombros. Ella  recostó su cabeza en el pecho de él y entrecerró los ojos, sintiéndose protegida. Sin embargo los abrió al escuchar la voz desde unos metros de distancia, diciéndole:

_Bueno, hermanita, vámonos antes de que nos cierren.

El susto fue monumental.

_Oye, ¿tú no me estabas abrazando?

_No. Me estaba lavando las manos. ¿Por qué me lo preguntas?

 Ella, por respuesta corrió hacia él con los ojos llenos de lágrimas.

_¿Qué pasó?

_¡Te juro que alguien me abrazó con mucho cariño!

FIN

Autor: Hugo Hernán Galeano Realpe. Derechos reservados.